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Un día especial

Autor: Ester Shechter

Hoy quiero hablar de algo ligeramente distinto al cuidado natural de nuestro cuerpo y alma. Permíteme hablarte sobre el Muro de las Lamentaciones. Este lugar tan especial ha estado cerrado parcial o totalmente durante mucho tiempo y hace tan solo unos días tuve la oportunidad de visitarlo de nuevo.

Amaneció un día lluvioso y frío, de los primeros de esta época otoño-invernal en la que ya estamos inmersos en Israel. Tenía planes para ese día, pues era el cumpleaños de mi hija y el mío así que quería hacer algo especial. Pasear en un parque lindo con mi esposo, ir a visitar algún lugar de Jerusalem y tomar algo al aire libre (actividades en lugares descubiertos debido a las restricciones de la pandemia). Sin embargo, por mucho que pensé esos planes estaba todo en el aire. No sabía exactamente a qué lugar podíamos dirigirnos ni tenía un plan exacto. Debo añadir que esto es bien extraño en mí ya que me gusta tener los planes organizados, aunque ya sé que el hombre planea y HaShem se ríe.

Amaneció un día lluvioso y frío, de los primeros de esta época otoño-invernal en la que ya estamos inmersos en Israel. Tenía planes para ese día, pues era el cumpleaños de mi hija y el mío así que quería hacer algo especial.

Esa mañana me desperté con un humor increíble, era el primer cumpleaños de mi hija y quería celebrarlo por todo lo alto. Abrí las cortinas y el cielo estaba encapotado, nubes grises a un lado y al otro y ningún claro por donde brillara el sol. Es la primera vez en mi vida que un tiempo de tal calibre no me desanima en absoluto. Pensé en qué parque o lugar con una cafetería cercana habría para salir un rato e inmediatamente concluí que no era un parque adonde quería encaminarme en ese día tan especial. ¡Quería ir al Kotel!

De repente, me di cuenta de que no había otro lugar en el mundo al que quisiera dirigirme. En el día más especial quería ir al lugar más especial. Desde que mi hija nació no había ido al Kotel a agradecer a HaShem, también desde allá, la gran bendición que me ha concedido. Hasta ahora no me había atrevido a ir por no saber si estaría abierto, si me dejarían pasar, cómo hacer con el carrito de bebé… pero ese día me pareció más claro que nunca que debía ir. Me armé de valor y se lo comuniqué a mi esposo, quien con su infinita paciencia me dijo que aunque el clima no era nada cálido, le parecía bien.

Otro inconveniente, además del frío y la lluvia, era que no tenía la funda plástica para el carrito y necesitaba una porque hacía viento y no podíamos llevar a la bebé mojándose. Pero cuando alguien se empeña en algo bueno, HaShem ayuda y le da ingenio. Me acordé de un consejo que me dio una buena amiga para estar preparara en caso de imprevistos. Me dijo que llevara siempre en el carrito un mantel de plástico desechable para usarlo en caso de que lloviera y no hubiera tenido la precaución de traer la funda de plástico. Así que agarramos un mantel y lo extendimos bien, sujetándolo para que no se mojara la bebé y quedó muy bien, debo añadir.

Y allá fuimos, en medio de la lluvia, a tomar el tren y el autobús para ir al Kotel: un lugar al aire libre y con una bebé de un año. Antes de salir de casa oré a HaShem y le pedí que nos permitiera visitar el Kotel y agradecerLe en ese lugar tan especial por todas las bendiciones que ha hecho llegar a nuestra pequeña familia a lo largo de este año. Le pedí que nos permitiera visitar el lugar sin molestarnos por la lluvia y que mi bebé no se mojara.

¿Saben qué sucedió? Siguió lloviendo, pero yo sabía que HaShem nunca desatiende las súplicas y nos había permitido tener a la mano los manteles desechables para tapar el carrito y tener el día libre para ir al Kotel. Así que tomamos el tren… siguió lloviendo. Paramos en la estación de autobuses de Jerusalem para intentar tomar un café caliente y esperar un poco a que la lluvia cesara pero las cafeterías estaban cerradas y no había lugar donde sentarse a causa de las restricciones de distanciamiento de seguridad. Pero seguimos adelante y tomamos el autobús. Cuando íbamos en el autobús de repente miré por la ventanilla y ¡había dejado de llover!

Seguimos la ruta en el autobús hasta el Kotel y finalmente llegamos. ¿Quieren saber lo que nos encontramos al llegar? No se pierdan el próximo artículo…

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