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Autor: Davy Dombrowsky

Pensamos que, en el nivel en el que nos encontramos, jamás podemos elevarnos y alcanzar nuevos niveles

Koraj había neutralizado por completo sus deseos físicos. Siendo uno de los levitas que transportaba el Arca sagrada, estaba a un nivel espiritual tan elevado que no tenía absolutamente ningún apetito por pasiones físicas. Eso le hizo pensar, según nos explica Reb Noson (Hiljot Shilúaj HaKen 4) que era una persona perfecta. Él no lograba entender por qué tenía que someterse a los líderes siendo que él mismo había alcanzado un nivel espiritual tan elevado.

Lo que Koraj no advirtió es que existen infinitos niveles de crecimiento y conexión con lo Divino. El juego no terminó cuando uno solamente corrigió su cuerpo. Existen muchísimos niveles más de “mitigar los juicios” que existen para aquellos individuos especiales que alcanzan los más altos niveles espirituales. Koraj necesitaba a Moisés. Necesita que Moisés le enseñara y lo hiciera llegar todavía más alto, pero su ego detuvo ese ascenso.

Él no lograba entender por qué tenía que someterse a los líderes siendo que él mismo había alcanzado un nivel espiritual tan elevado

¿Y de qué manera esto tiene relevancia para nosotros, que estamos tan pero tan lejos de alcanzar semejante nivel de perfección? Nosotros, que luchamos a cada momento contra las pasiones físicas y los deseos del cuerpo, ¿qué lección podemos aprender del error que cometió Koraj?

La verdad es que todo el tiempo cometemos el mismo error, porque pensamos que, en el nivel en el que nos encontramos, jamás podemos elevarnos y alcanzar nuevos niveles. Al renunciar a nosotros mismos, básicamente estamos creyendo que la teshuvá no está a disposición de alguien “tan malo” como nosotros. Pero en realidad ocurre exactamente lo contrario. Cuanto más lejos estamos de Hashem, más grande es la gloria que Le damos al hacer teshuvá, o sea, al retornar a Él. Nosotros también debemos saber que, por muchas veces que lo hayamos intentado, aún podemos lograr llegar a niveles que jamás antes habíamos alcanzado.

 

Ese es el trabajo del tzadik. El tzadik es aquel que da aliento a los que han pecado asegurándoles que no han perdido la esperanza y que pueden volver a Hashem desde allí donde están, en cualquier momento que sea y el tzadik es el que desafía a los grandes a que sigan creciendo, porque todavía no han visto nada de lo mucho que les espera. El tzadik está absolutamente convencido de esto. Él está persuadido de que incluso los judíos de más bajo nivel espiritual son como joyas que han caído a la tierra y cree que incluso el que ha alcanzado el nivel más asombroso, en realidad, todavía no sabe nada.

Cuando Rabí Shlomo Freifeld estaba en su lecho de muerte, sus últimas palabras a sus hijos fueron: “mer, besser, gresser” – más, mejor, más grande. La grandeza siempre está a nuestra disposición. Siempre.

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