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El rasgo distintivo del judío

Autor: Yossi Katz

Habían heredado la actitud de Abraham. Ellos sabían que no eran dignos realmente de la salvación de Dios

Durante miles de años, los judíos han causado gran fastidio entre las naciones al proclamarse “el Pueblo Elegido”. La idea de ser llamados con este título extraordinario despierta la envidia de los no judíos y desafía su autoestima. “¿Qué tienen ustedes de especiales?”, preguntan. “¿En qué son mejores que nosotros?”. Curiosamente, estas preguntas son en realidad una demostración de por qué ellos no fueron elegidos en primer lugar.

Los orígenes de nuestra nación se remontan al Patriarca Abraham. A la temprana edad de tres años, Abraham empezó a rechazar la idolatría que practicaban todos los que lo rodeaban, cuando descubrió al Dios Único y Verdadero. A pesar de un ataque contra su vida, Abraham comenzó a difundir esta conciencia a todos. Su tienda estaba abierta por los cuatro costados, como invitando a todos a entrar a estudiar Torá. Al ver la abnegación de Abraham y su búsqueda incesante de la verdad, Dios selló un pacto eterno con él.

Los orígenes de nuestra nación se remontan al Patriarca Abraham. A la temprana edad de tres años, Abraham empezó a rechazar la idolatría que practicaban todos los que lo rodeaban, cuando descubrió al Dios Único y Verdadero

A esta altura, podríamos pensar que Abraham tenía derecho a sentirse bien consigo mismo. Después de todo, ¿no lo habían elegido debido a que era una persona tan digna? Pero la Torá nos dice que ocurrió exactamente lo contrario. Abraham declaró: “Yo soy solamente polvo y cenizas” (Génesis 18:27). Rashi explica que lo que Abraham decía era “Yo ya era como polvo a manos de los reyes (contra quien luchó) y cenizas a las manos de Nimrod (quien lo arrojó al horno ardiente)”. Vale decir que Abraham percibía su salvación Divina como algo que no se merecía, ¡a pesar de que él había entrado en esas situaciones en aras del propio Dios!

Posteriormente, en la Entrega de la Torá en el Monte Sinaí, el pueblo judío realiza su propia e increíble declaración: “Todo lo que Dios ha dicho, lo haremos y entenderemos” (Éxodo 24:7). Nuestros Sabios alaban a los judíos por aceptar con tanto entusiasmo los mandamientos de Dios incluso antes de saber de qué consistían (Shabat 88ª). Pero ¿cómo fueron capaces de aceptar algo que no sabían qué era? Además, el versículo comienza diciendo “Todo lo que Dios ha dicho”, lo cual parecería implicar que Dios sí enunció lo que se les pedía. En ese caso, ¿cuál es la loable actitud a la cual se refieren nuestros Sabios?

La respuesta es que los judíos sí escucharon las palabras y sabían lo que se les ordenaba llevar a cabo, pero no preguntaron ni analizaron el sentido oculto de aquellos mandamientos sino que con mucho entusiasmo quisieron cumplir con la palabra de Dios. ¿Saben por qué? Porque habían heredado la actitud de Abraham. Ellos sabían que no eran dignos realmente de la salvación de Dios y que todo era un regalo inmerecido del Cielo. Su actitud era: “Haremos con total sinceridad y felicidad los mandamientos de Dios y seremos bendecidos con el conocimiento y la sabiduría que Él nos conceda”.

Al ser judíos, eso es lo que nos hace especiales. A veces tenemos la suerte de sentir un flujo de espiritualidad pero jamás debemos pensar que nos lo merecemos. Sí, es lindo sentir eso, pero nunca debemos olvidar de que es un regalo de Dios. Y por eso debemos servir a Dios con humildad y con fe, y sentir esta increíble felicidad de haber sido designados para este rol. Este es el motivo por el cual Dios eligió a Abraham y Se reveló ante él. Y este es también el motivo por el cual Dios elegirá a cada uno de nosotros y nos bendecirá con nuestra propia revelación de la Torá.

 

Basado en Likutey Halajot Nefilat Apaim 4:13

 

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