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La distancia es una mera ilusión

Autor: Yossi Katz

A lo largo de todos los declives y todas las caídas y todo lo que experimenta en la vida, uno no debe dejarse alejar de Dios…

“La esencia de la grandeza de Dios es que precisamente aquella persona que está más alejada de Él puede y debería servirlo… Mucha gente joven comete el error de pensar que este principio no se aplica a ellos, porque a veces uno siente que ha caído demasiado bajo y ha cometido demasiadas faltas. Pero en realidad es exactamente al contrario: este principio se aplica especialmente a los que más transgredieron! La principal prueba de la persona en la vida y la esencia del proceso de refinamiento que debe atravesar es que a lo largo de todos los declives y todas las caídas y todo lo que experimenta en la vida, uno no debe dejarse alejar de Dios, de la Torá o de la plegaria” (Hojas que Curan, página 65).

 


Aunque no sea la época de Sucot, igualmente me vino a la cabeza algo que tiene que ver con el tema. ¿Saben por qué? Porque yo no soy lo que dice una persona hábil con las manos y el tema de construir la sucá me causa no poco estrés. Hace unos años, decidí invertir en una de esas sucás más caras que se “arman solas”, sin necesidad de herramientas. Bueno, qué quieren que les diga… Incluso calcular dónde y cómo las tablas debían “armarse” me exigió gran esfuerzo.

 

Pero incluso en momentos como estos, Dios no nos abandona. 

 

Ahora piensen qué incómodo habrá sido para los judíos viajar tantos años por el desierto con todos los componentes del Tabernáculo, montando y desmontando aquella estructura en cada lugar en el que acampaban. Seguramente habría sido mucho más fácil entablar una estructura permanente. ¿Para qué tanto ajetreo?

Además, cuando el Tabernáculo se montaba, había reglas muy estrictas basadas en su nivel de santidad respecto a quién podía ir adónde. Todo el que transgrediera estas reglas incurría en la pena de muerte. Pero después de que el Tabernáculo era desmontado y transladado, el lugar donde había sido montado anteriormente carecía de toda santidad. Si comparamos el Tabernáculo con su sustituto permanente, el Templo Sagrado, la diferencia es sorprendente. Incluso hoy, el Monte del Templo retiene un nivel de santidad que impide que los judíos entren en su precinto. ¿Por qué con el Tabernáculo era diferente?

Al erigir el Becerro de Oro, los judíos cometieron el pecado cardinal de la idolatría. La tremenda gloria Divina que acababan de experimentar en el Monte Sinaí durante la Entrega de la Torá les quedó oculta y por ese motivo la Tierra de Israel, el lugar en el que la Divinidad está abiertamente revelada, también les fue inaccesible. Por eso, se vieron forzados a viajar de un lugar a otro en un desierto árido, tan lejos de la Tierra Prometida que los esperaba más adelante.

Pero incluso en momentos como estos, Dios no nos abandona. Dado que cada lugar está lleno de la gloria de Dios, Dios elige revelarse abiertamente únicamente en lugares de santidad. Sin embargo, incluso cuando estamos tan lejos, si elegimos buscar a Hashem y llamarlo, existe un lugar por encima del tiempo y el espacio en el que podemos acceder a los niveles más increíbles de Divinidad, un lugar en el que no hay límites.

Por eso, Dios nos ordenó que tomáramos oro, plata y cobre, los mismos materiales que se usaron para construir el ídolo, y construyéramos un hogar temporario para Él, un Tabernáculo. Los mismos materiales que causaron tanto mal ahora trajeron la redención. A pesar de haber sido usados con fines profanos, y de ser utilizados por lo general con fines mundanos y comerciales, Dios nos reveló que incluso esos materiales podían transformarse en un instrumento transformador. Precisamente debido a que la Divinidad revelada en los lugares en los que el Tabernáculo estuvo en pie era tan grande, aquella santidad no podía tener un lugar permanente.

La grandeza de Dios es inconcebible. Busquémosla siempre.

 

Basado en Likutey Halajot, Geviat Jom MiIetomim 3

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